Volver a un lugar, reencontrarse con uno mismo
- Micaela Gutiérrez Coll

- hace 9 horas
- 6 Min. de lectura
Volver a un lugar, mirarse al espejo del tiempo y abrazar las versiones que fuimos.
¿Será que los años nos vuelven más sensibles?
No, la verdad no creo que sea eso.
Había algo más.
Vivo viajando, quizás no lo sabías. Sí, vivo en una casa con ruedas, recorriendo América.
Y hace no mucho estuvimos visitando la ciudad de Bariloche, en Argentina.
Una ciudad a la que fuimos en varias oportunidades, entonces dudamos si volver o no. Es una ciudad que nos gusta mucho… ¿Pero preferíamos continuar por destinos desconocidos?
O quizás podíamos regresar, porque la visita sin dudas no sería lo mismo: yo no soy la misma, ni mi marido tampoco. Ni siquiera nuestros hijxs.
Pero sí, voy a contarte la verdad, lo que nos hizo tomar la decisión de visitarla una vez más fue una razón mucho más poderosa: amigxs. Y escribo y me emociono.
Es que me lo pregunté muchas veces…
¿Por qué esta visita se hizo carne en nosotros?
¿Por qué esta vez fue tan diferente?
A simple vista, las razones podrían parecer obvias.
Nuestra realidad hoy es completamente diferente a la de la última vez.
Ya no somos los que éramos cuando visitamos Bariloche en 2021.
O quizás no fue ese año, no soy tan buena recordando fechas… y la verdad no es algo que me pese. Prefiero quedarme con recuerdos, sensaciones, emociones, momentos… y no detenerme en la precisión del calendario.
Había algo más.
¿Qué era?
¿Por qué volver a esta ciudad, reencontrarnos con amigxs, me estaba haciendo ir tan profundo?
¿Por qué me hacía emocionar?
¿Por qué me hacía llorar una y otra vez?
Me lo pregunté los casi diez días que estuvimos allí.
De a ratos no veía la respuesta.
Hasta que, después de ya haberme despedido… la vi.
Era algo tan simple y tan complejo a la vez: ese reencuentro significaba ponernos de frente a lo que fuimos y a lo que somos.
Las dos caras de una misma moneda, a la vez.
Significaba reencontrarme con mi amigo, con quien crecí en la adolescencia. Con quien tengo tantas historias por contar, tantas risas compartidas… y también tristezas.
¿Pero qué me pasó? Me lo pregunto una vez más.
Después de muchos años sin vernos—porque hay un momento en la vida en el que la adultez nos arrincona—creemos que tenemos que ponernos la capa de los “grandes”, como si ser adulto viniera con superpoderes. Pero… ¿cuáles son? Yo todavía no los descubrí. A veces pienso que son pura fantasía. Es como si nos calzáramos una capa y una espada, listos para salir a salvar el mundo.
¿Qué mundo?
El nuestro.
Solo eso.
Tratamos de salvar apenas lo que podemos. Las responsabilidades y obligaciones se sienten como kilos y kilos que nos aplastan, y que cada vez nos van haciendo más chiquitos. Rompen los sueños que traíamos de niños.
Nos llenan de miedos, de prejuicios.
Nos olvidamos hasta de nosotros mismos.
Por el solo hecho de correr detrás de nadie sabe qué: Qué estudiar. Que la casa. Que el auto. Que lxs hijxs. Que lxs no hijxs. Que el trabajo. Que la carrera. Que el puesto importante. Que el dinero.
Pará. Pará, pará.
Se siente agotador. Se siente desolador.
Querer subir escalones y sentir que vamos hacia atrás.
Que parece que todo avanza y ahí estás vos… parada, mirando alrededor.
Y la vida pasa.
Pasa tan rápido.
Hay momentos de mi vida que la recuerdo como cuando te subís al zamba…
Girando a una velocidad, casi gritando:
¡Me quiero bajar! ¡De esta me quiero bajar!
¿Qué nos pasa?
¿Qué es lo que nos lleva a tanta velocidad?
¿En qué momento nos perdemos?
¿En qué momento dejamos de encontrarnos?
¿Cómo es que pasamos de niñxs pequeños construyendo mundos e historias… a adultos que ni siquiera se permiten sentir?
A adultos que los largaron a una maratón sin avisar.
Y todos corren, entonces vos seguís corriendo atrás.
Pero tarde o temprano, siempre, llega el momento de parar.
A veces paramos por una crisis existencial.
A veces por una ruptura amorosa.
A veces por una enfermedad.
A veces por un accidente.
A veces por salud mental.
A veces el clic viene por una situación particular…
O quizás muy cerca del día en el que nos estamos por morir.
Pero tarde o temprano, llega.
Me bajé del motorhome.
“¡Amigooo!”, grité.
Y nos abrazamos fuerte.
¿El tiempo había pasado de verdad? En esencia, éramos esos dos amigos en el colegio. Riéndonos a carcajadas, haciendo chistes, compartiendo horas y horas.
Estábamos ahí. Éramos esos.
Pero, de verdad, ya no lo éramos más.
Habían pasado muchos años en el medio.
Y estábamos ahí sentados, conversando, adultos, abriendo el corazón.
¿Y sabes qué entendí?
Que en la adolescencia a todos nos duelen cosas…
Pero no las decimos.
Somos rebeldes y aguerridos.
Vamos por ahí comiéndonos el mundo por fuera…
Porque por dentro acallamos historias.
Y ahora él es psicólogo.
Pero de esos que ven la vida con ojos de amor.
De los que acompañan los procesos con interés.
De los que no te van a dejar ahí: como sea, van a intentar hacer un cambio en vos.
Qué pedazo de orgullo verte así.
Qué pedazo de orgullo ver que, sin importar los miedos, elegiste otro lugar para vivir que te diera paz.
Que pedazo de orgullo poder priorizar tu salud mental.
Nos hacen creer que podemos llegar tarde…
¿Pero a dónde?
¿Cuál es el final?
¿A dónde estamos yendo?
Yo veo la vida como un espiral.
No hay a dónde llegar.
Somos energía en movimiento…
¿Te hicieron creer que estamos hechos de carne y hueso?
Lo siento.
Somos energía en movimiento.
Estamos repletos de células en movimiento.
De energía en movimiento.
¿Cómo podemos pretender quedarnos quietos?
Nuestras necesidades cambian.
Nuestras prioridades cambian.
Lo que en algún momento necesitábamos, hoy ya no.
Lo que antes nos hacía bien, hoy quizás ya no.
¿Y qué pasa si no sabemos verlo y nos quedamos detenidos en el tiempo?
Nos volvemos tristes.
Enojados.
Reactivos.
Infelices.
Pero es que los miedos pesan más que los deseos.
¿Y si me equivoco? ¿Y si no me sale? ¿Y si no soy suficiente? ¿Y si no sé lo que quiero?
Cuántas preguntas nos hacemos cuando un deseo nos enciende por dentro.
La vida está para vivirla.
Y si no la experimentamos, si no salimos a vivir…
¿Cómo podemos encontrar esas respuestas?
Hace tiempo que creo que la palabra “fracaso” debería ser eliminada del diccionario. O quizás redefinirla.
De lo que no sale como esperábamos, se aprende.
Pero que no salga como esperábamos no significa que nuestras expectativas estuvieran acorde a lo que realmente necesitábamos.
La vida siempre nos pone en el lugar en el que necesitamos estar, en el momento justo.
Yo necesitaba estar frente a mi amigo en ese momento.
Necesitaba ese reencuentro.
Porque me expandió aún más el corazón.
Me hizo reencontrarme con lo que fui y con lo que soy.
Me hizo entender que, a pesar de que esa Micaela ya no está más…
La que soy hoy es gracias a esa que fue.
Y esa comprensión está llena de poder para mí, hoy.
Saber que en la vida podemos ser muchas versiones diferentes en cada momento… Pero que lo que vamos construyendo conserva cada pedacito de lo que algún día fue.
Como la técnica japonesa del kintsugi.
Esa técnica que repara objetos con oro.
En cada pieza podemos ver resaltada sus cicatrices, sus fracturas.
No se las oculta.
Al contrario: se las resalta.
Nos rompemos.
Nos volvemos a reconstruir.
Y cada partecita se va uniendo con oro.
Ya no somos los mismos de antes…
Pero ahí están las grietas, las cicatrices.
Para recordarte el camino.
Para valorar tu evolución.
Para que te abraces desde el amor.
Para que recuerdes que dentro tuyo hay muchas historias para contar.
Para recordarte lo increíble que sos.
Todos los que habitamos esta tierra tenemos reparaciones en oro.
Ya es momento de integrarlas, de dejarlas entrar, de aceptar, de abrazarlas.
De ir profundo, si aún tenemos esa necesidad.
Son parte de nuestra historia y de lo que somos.
Dejarlas brillar.
Yo hoy les digo: bienvenidas a mi mundo.
Son especiales.
Porque me permiten ver todo lo que, a lo largo de mi vida, me hizo evolucionar para construirme desde esa mujer en la que me quiero convertir.
Y solo puedo hacerlo abrazando lo que fui, y construyendo lo que soy.
Mi historia.
Mi familia.
Mis amigos.
Los lugares en los que crecí.
Todo está dentro mío.
Todo es parte de mí.
Y hoy, desde el amor y la conciencia, elijo cada día cómo deseo vivir.
Elijo cada día a la mujer en la que me quiero convertir.
Y se siente liberador.
Cambiar la piel… es liberador.
Y voy a cerrar con una frase que mi amigo me regaló.
Quizás vos le encuentres otro sentido al que le encuentro yo,
pero fue una frase que me voy a guardar en el corazón:
“…yacía en silencio, con los ojos cerrados, semejante a un durmiente, aunque ya no dormía se hallaba en conversaciones con su alma. Pero la serpiente y el águila, al encontrarlo tan silencioso, honraron el gran silencio que lo rodeaba y se alejaron con cuidado.”
¿De qué versiones tuyas te estás despidiendo?
¿Con cuáles te estás reconciliando?
¿Hay un lugar, una persona, un reencuentro, que también te haya devuelto pedacitos de vos?
¿Podés mirar hacia atrás con amor… y agradecerte?
¿Te permitís cambiar la piel?
Con amor,
Mica.
¡Gracias por leer!
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