top of page

Donde arde el fuego, florece la vida

A veces el viaje de la vida nos sacude para recordarnos que el amor y la humanidad no tienen fronteras.

Las emociones son tantas que sentarme a escribir me está resultando difícil, porque necesito ordenar mis pensamientos y emociones para darle forma a esto que voy a contar.


Aunque, paradójicamente, sentarme a escribir es lo que me permite ordenar y regalarme claridad.


Respiro, hago una pausa, vuelvo a recordar.


Era martes 6 de mayo del 2025. Habíamos viajado desde Puerto Octay a Valdivia, en Chile.


Y por si sos nuevo/a por acá, vivo viajando con mi familia en un motorhome para recorrer América de punta a punta.


Recorrimos la ciudad pero no encontramos lugar para estacionar. Estábamos cansados, queríamos frenar ya por ese día. Decidimos ir hacia Niebla, otro destino que íbamos a visitar, a 18 km de Valdivia.


Llegamos, recorrimos, y finalmente decidimos estacionar en un espacio grande frente a un mirador. Enfrente, dos supermercados; al costado, algunas casas.


Se acercaba el atardecer. África me preguntó si se podía bañar. Le dije que sí. Eligió sus juguetes y se metió. Abrí el agua, salía fría. Esperé un poco más, cerré y abrí otra vez. Comenzó a salir caliente, pero al segundo escuchamos un ruido muy fuerte.


Yo, que estaba en el baño con África, pensé que nos habían chocado.

Martín y Oliver, que estaban sentados en la mesa, pensaron que había explotado una de las baterías.


Oliver salió disparado, en estado de shock y muy nervioso. Martín estaba desconcertado. Chequeamos las baterías, parecía estar todo bien.

Pero de repente, empecé a ver que entraba humo.


La cambié a toda velocidad a África y salimos de la casita. Ahí comencé a ver fuego. Empecé a gritarle a Martín: “¡El matafuego! ¡El matafuego!”, porque las puertas de adelante estaban cerradas con llave y él tenía las llaves.


Yo me alejé con Oliver y África, siempre abrazados, porque lloraban y, como nosotros, tampoco entendían qué estaba pasando.


Martín salió con el matafuego enseguida y un vecino se acercó a ayudar. Como teníamos bidones de agua, comenzaron a tirarlos también.


El fuego enseguida cesó. Llegó la policía y también los bomberos.

Se acercó una nena de 8 años, con su pelo largo y oscuro y sus ojos verdes profundos, para invitarnos a pasar a su casa. Nos insistió que vayamos. También se acercaron otras vecinas. Les pregunté a Oliver y África qué querían hacer. Querían entrar.


Así que fuimos a la casa de estas vecinas que muy amablemente nos habían invitado. Entraron, y había niñas de sus edades. No tardaron mucho en estar todos juntos jugando. Les agradecí.


Yo iba y venía. Saqué todo lo que teníamos de valor y la documentación de la casita, lo puse en una mochila y me la llevé.


Volví. Los bomberos habían corroborado que no hubiera más peligro.

Con Martín lloramos abrazados. Casi que no sabíamos ni qué hacer.


Necesitábamos un segundo para procesar, pero los vecinos no nos dieron tiempo.

Nos ofrecieron un lugar donde guardar la casita para que pasemos la noche tranquilos. Era un gran patio con cuatro casas. Entrar la casita costó porque había como un pequeño escalón, pero finalmente pudimos acomodarla.


Cuando ingresé por el portón la primera vez, no podía creer lo que estaba viendo. Era de noche, todo estaba oscuro, y solamente veía una casita pequeña de madera con lucecitas brillando.


¿Estoy soñando? ¿Este lugar es mágico? ¿Acá nos vamos a quedar?


Pero como si no fuera suficiente, colgaron más luces en el patio para que podamos tener algo más de luz. Y prendieron un fogón. Nos sentamos todos alrededor, a conversar y tomar una cerveza.


Todavía me emociono por el amor con el que estas familias nos vinieron a sostener. No parábamos de decirles gracias. Era lo único que me salía. No lo podía creer. Yo lloraba de emoción.


Esa casita que vi al entrar estaba llena de unas suculentas increíbles, de todos los tamaños, colores y variedades. Era un pequeño santuario lleno de vida y magia.


Si antes creía que la naturaleza es nuestro mejor regulador emocional, eso que estaba viendo me lo venía a confirmar con más fuerza.


Sentí paz y esperanza.


Esa noche, que por un momento creí que no iba a poder dormir, dormí profundo. Creo que fue un poco el cansancio y el estrés que, al final, nos estaba bajando, e hizo que todos descansáramos bien.


Antes de ir a dormir, los cuatro nos sentamos en la mesa a comer unas empanadas que habíamos conseguido en el mercado de enfrente.

Y conversamos sobre lo sucedido.


Nos reímos un montón, porque acá nunca faltan las risas. Nos caracterizamos por tentarnos de nosotros mismos, contando nuestras propias anécdotas.


Y en estos días, a pesar de lo sucedido, nos reímos con Martín hasta que nos dolía la panza. Y ahí, exactamente en esos momentos, es donde siempre me quiero quedar.


También agradecimos. Y fue Oliver quien resaltó en más de una oportunidad a la gente que nos había venido a ayudar. Es que él conectó inmediatamente con las tres chicas de su edad que vivían en el lugar.


Y aunque pudimos dormir bien, durante un momento antes de dormir, Martín no dejaba de plantearme qué íbamos a hacer, imaginaba mil escenarios diferentes.

Le dije que vayamos de a un día a la vez, que confiáramos.


Tal fue así que a la mañana siguiente vino una persona a ayudarnos con la electricidad, y por la tarde otra para ayudarnos con el agua y hasta con el gas.


Nosotros no los conocíamos, tampoco los habíamos llamado. Pero eran familia y amigos de las familias que nos estaban permitiendo estar en este valioso lugar.


Esa mañana era el día de la verdad. Con luz, entender qué era lo que ya no servía y qué quizás se podía rescatar. Pero no me quiero detener acá. Todo era material, y poco a poco lo vamos a arreglar.


Ahora mi reflexión va más allá. Mauricio, el vecino que nos había venido a ayudar antes que nadie, perdió su casa en un incendio. Yasna y Francisco, otros de los vecinos que nos ayudaron, perdieron su casa hace dos años por otros motivos personales. Todos aquí estaban volviendo a encontrar su espacio.


La sincronicidad de la vida, de ponernos en el lugar exacto, nunca me deja de sorprender. Ojalá nunca lo haga.


En uno de esos días que estuvimos aquí, nos prestaron una pequeña cocinita —quizás no me creas, yo me sigo riendo (aunque en el momento no me causó nada de gracia)—, pero cuando la fuimos a prender al aire libre, se incendió. La apagamos.


Me senté en un banquito en el patio, casi que frustrada, entregada, sin poder creerlo. Yasna me miró y me dijo: “No, no te rindas. Aún te queda mucho por recorrer”, con la paz que la caracteriza.


Yasna tiene una energía especial. Su voz es suave, sus ojos se achinan al sonreír, y sonríe a cada instante. A su historia personal de dolor la transformó en un patio lleno de amor, de suculentas enormes creciendo por doquier.


Después de esa charla que tuvimos debajo de la lluvia —ella llegaba, yo sacaba la ropa del secador— ella tenía su paraguas. Yo estaba debajo de un techito.

Entendí que las fronteras en realidad no existen. Entendí que todo eso que aprendimos de geografía en el colegio ya no me sirve.


Entendí que, sin importar en qué lugar del mundo nos encontremos, no es la nacionalidad, sino la humanidad lo que permanece.


Entendí que, a pesar de que las culturas cambien, la manera en la que hablamos, las palabras que usamos, las comidas que comemos, al final, en esencia, nos atraviesan las mismas cosas.


Que nada tiene que ver con un lugar, sino con el amor que mueve a la humanidad.

Nos hacemos las mismas preguntas existenciales, deseamos la misma libertad, nuestra esencia es el amor, y en el fondo queremos encontrarnos con quien somos y vivir alineados a esa auténtica verdad.


Y en el medio, nos pasa la vida. Y aprendemos a vivirla. Yasna me contó que su mirada de la vida, después de lo que le sucedió, cambió. Entendió que el hogar es donde están con su familia.


Y que quizás, aunque hoy estén un poco “apretados”, hay muchísimas otras cosas para valorar que no tienen que ver con el lugar físico en el que están. Que lo que nos hace sentir bien de verdad va mucho más allá de lo material.


Yasna, mis hijxs están siendo demasiado felices en tu casa. Tu casa y tus hijxs están siendo su refugio. Y eso tiene un valor que no se puede contabilizar.


Cuántos preconceptos tenemos arraigados que nos hacen creer que el éxito en la vida está en la cantidad de cosas que tenemos.


O cuánto nos escondemos en ese diálogo por conveniencia. Cuando, en realidad, lo que necesitamos es soltar todo lo que nos pesa para permitirnos SER quienes somos, sin etiquetas, sin sogas al cuello.


Le pedí al viaje historias que contar, porque no quiero nunca dejar de escribir, y me las está regalando.


Le pedí a la vida encontrarme con mujeres que me inspiren, y me las está poniendo en el camino.


Le pedí al viaje que me mostrara el mundo, para aprender a ver con otros ojos, y me lo está mostrando.


Yasna, te deseo y me deseo que siempre seamos como las suculentas de tu patio.

Que podamos adaptarnos al terreno y florecer, sin importar dónde nos plantamos. Te deseo y me deseo que, frente al dolor y la tristeza, siempre elijamos trabajar —como en tu patio— para que el amor florezca.


Y es aquí donde me recuerdo por qué hace casi un año atrás decidí certificarme como facilitadora de breathwork, porque lo que más deseo es poder acompañar y sostener en los procesos a otras mujeres, cuando me sienta lista.


Aún no sé exactamente cómo, dónde, cuándo, y tampoco necesito saberlo.

Porque confío, y tengo la certeza de que es ahí a donde la vida me lleva.


Y es aquí donde me recuerdo por qué amo escribir: porque me permite contar historias que sean inspiración de muchas otras.


Lo que por un momento creí que podía ser el final de muchas historias terminó siendo la puerta a muchas otras. Qué irónica es la vida con su sincronicidad exacta. Podemos elegir ver los obstáculos con enojo, o podemos transformarlos en aprendizajes y oportunidades para crecer.


“Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.”
“El hombre está dispuesto a atravesar cualquier cómo, si el porqué es lo suficientemente fuerte” — Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido

Con amor,

Mica


¡Gracias por leer!

Si algo de lo que leíste te hizo sentido, te invito a suscribirte gratis para recibir las próximas publicaciones.



Este espacio existe gracias al tiempo, la energía y el compartir honesto.

Si en algún momento algo de lo que escribimos te acompañó, podés apoyar la Bitácora con un cafecito ☕ 



Comentarios


Familia viajera viajando por el mundo en motorhome

Sumate a la comunidad de Espíritu Indomable y acompañanos en esta aventura.

  • Instagram
  • Youtube
  • TikTok
  • Spotify
  • Pinterest

Si te gusta el contenido y te ayudamos en algún momento de alguna manera, podés agradecernos con un cafecito

© 2025 Creado por Espíritu Indomable. 

bottom of page