La maternidad y el encuentro con mis sombras
- Micaela Gutiérrez Coll

- hace 7 horas
- 3 Min. de lectura
Escribí este texto hace casi un año y me resuena igual que en ese momento. Hoy, con muchos más cambios encima, lo vuelvo a leer y me encuentro en cada palabra. Algunas cosas ya se transformaron, otras siguen en proceso. Pero la esencia sigue intacta: mirar a nuestros hijos es, muchas veces, mirarnos a nosotras mismas.
Criar desde la consciencia es, muchas veces, sanar lo que fuimos para acompañar lo que viene.
A mi parecer, lo más “doloroso” de la maternidad es que los hijos terminan siendo el reflejo de nuestras propias miserias.
Y lo pongo entre comillas porque, al menos para mí, no fue doloroso en el sentido literal, sino más bien un llamado. Un llamado a despertar.
Cuando hace un par de años comencé mi proceso de transformación, lo primero que hice fue frenar la pelota. Empezar a observar con más conciencia, tanto lo que me rodeaba como mi mundo interno.
Fue entonces cuando empecé a ver en mi hijo actitudes que no me gustaban. Conductas reactivas, emociones contenidas, respuestas que parecían calcadas. Y lo que descubrí es que, en realidad, lo que estaba viendo... era a mí misma. A mi niña. A la historia que me habita.
Sí, a ratos duele. Pero más que dolor, en mí generó impulso. Porque empecé a tener claro qué vida quería construir para ellos. Qué valores deseaba sembrar. Cómo quería que se movieran por el mundo.
Y entendí algo fundamental: educar conscientemente no es hablar desde un pedestal, sino vivir en coherencia. Porque las palabras se las lleva el viento, pero lo que les mostramos con nuestras acciones se queda. Somos ejemplo. Somos espejo.
Y si decimos una cosa pero actuamos de otra forma, ¿cómo van a creernos?
No te digo nada nuevo, seguro que lo sabés. Pero hacerlo consciente remueve.
Porque cuando pasamos de ser “yo” a ser “nosotros”, hay que hacer espacio. Y hacer espacio incomoda. Nos enfrenta con lo que duele.
Creo que ahí está muchas veces el verdadero agotamiento. No tanto en criar, sino en resistirnos a revisar lo que fuimos, lo que heredamos, lo que queremos cambiar. En sostener la contradicción entre el deseo y el deber, entre el sistema y nuestra intuición.
¿Y si no son los hijos en sí lo que nos agota, sino la vida que sostenemos a pesar de todo?
A mí nunca me habían interesado los niños. Nunca soñé con ser madre. Y sin embargo, un día lo decidimos. Porque la vida te sorprende con eso que no esperabas y te encuentra justo ahí, en el momento exacto.
Y sí, el nacimiento de Oliver fue un terremoto. Nuestra vida se puso patas para arriba, hubo caos, cansancio, crisis. Pero también hubo transformación. Y diez años después (hoy ya once) puedo decir que fuimos construyendo, con errores y aprendizajes, la vida que deseábamos vivir.
Una vida donde podamos educar con presencia. Donde podamos equivocarnos y decir “me equivoqué”. Donde el crecimiento personal también sea parte de la crianza.
Un día charlando con Oliver, por ese entonces, me dijo:
—“Qué suerte que tiene África ahora que estás con yoga y meditación. Cuando yo era chico todo era un quilombo.” Me quedé callada. Tenía razón.
Y le dije: —“Es cierto. Pero estoy aprendiendo. Y lo importante cuando nos equivocamos es poder verlo, reconocerlo y cambiar.”
La educación consciente es eso. No la perfección, sino el compromiso de mirarnos. De no buscar que los niños se adapten al molde, sino de preguntarnos cuál es el molde que queremos romper. Qué huella queremos dejar.
Ellos lo ven todo. Lo absorben todo. No hace falta que les demos grandes discursos. Hace falta que los miremos, que nos miremos, y que hagamos lo mejor que podamos... con verdad.
Porque a las palabras se las lleva el viento, pero el ejemplo... el ejemplo se queda. Y transforma.
Como dice la psicóloga Laura Gutman:
“Los hijos no nos escuchan, nos miran.” “Lo que nos irrita de nuestros hijos no tiene que ver con ellos, sino con nuestras propias heridas no resueltas.”
Y sí, duele. Pero también abre. Nos invita a mirarnos, a abrazar nuestras sombras y a hacernos cargo de lo que aún pide ser sanado. Y esa mirada es el espejo más honesto que podemos tener.
¿Qué te están mostrando hoy tus hijxs sobre vos misma/o?
¿Qué parte de tu historia pide ser vista, sanada o transformada?
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