top of page

¿Qué hiciste con eso que amabas hacer de niña/o?

Una historia real que revela cómo los mandatos, sostenidos por miedo, nos alejan de lo que verdaderamente somos.

Me pregunto: ¿Cuánto de lo que creemos que son mandatos…en realidad son simplemente miedos?


E. tenía ocho años. Y en cualquier lugar donde estuviera, lo veías con una libreta en la mano.


La primera vez que lo noté, estaba viendo dibujos animados. Nada parecía fuera de lo común, hasta que me llamó la atención el cuaderno que sostenía en sus manos. Me acerqué, curiosa. Pensé que quizás hacía garabatos, palabras sueltas, algo sin importancia, no lo sé.


Pero lo que vi fue el dibujo de una persona. Sin dudas, supe en ese mismo instante que tenia un talento que le era innato. Se lo hice saber. Me impresionó.


Desde entonces, nunca dejé de verlo con su libreta. Dibujaba todo el tiempo. No salía a jugar. No se mezclaba tanto con los demás. Se quedaba ahí, página tras página, acompañado de su lápiz como si fuera parte de él.


Una noche se acercó a la mesa, donde estábamos todos los adultos, y le pidió al papá que le dijera tres palabras. El padre se las dió. E. las anotó, y en cuestión de segundos, ya estaba plasmando en su cuaderno una escena que unía las tres palabras al mismo tiempo.


Así, con naturalidad. Como si fuera fácil. Como si su cuerpo solo obedeciera a algo que lo atravesaba por completo. Volví a decirle que era talentoso.


Y entonces, casi con timidez, dejó escapar algunas palabras. No las recuerdo con precisión, pero sí recuerdo la sensación que me dejaron: había algo en su voz que pedía permiso para seguir siendo eso que era.


Su papá no quería que fuera artista. No era un camino seguro.

Me quedé en silencio. Por dentro algo se revolvió. Me decía una y otra vez: “No podés desperdiciar un talento así.”


E. tiene apenas ocho años. Lo que hace le brota. Es parte de su esencia. Esa libreta no es un pasatiempo: es una forma de estar en el mundo. Es autenticidad. Es expresión pura.


Y entonces me pregunto: ¿Cuántos adultos talentosos se desconectaron de eso que amaban hacer de niños, simplemente por mandatos sostenidos en el miedo?


Porque eso son los mandatos: construcciones sociales. Ideas repetidas hasta que creemos que son verdades. Creencias que nos dicen que hay una sola forma correcta de vivir. De tener éxito. De encajar. Y para encajar, a veces, hay que desconectarse.


Pero... ¿qué pasa cuando toda una sociedad se construye desde esa desconexión?

Si cada individuo está disociado de su ser, si cada uno se sostiene en una máscara —en ese ego que nos ponemos para sobrevivir—, entonces la sociedad entera está sostenida en una mentira. Una ilusión. Así de simple.


Hace ocho meses que estoy viajando. Y en este camino, conocí personas que viven de maneras completamente distintas a lo que se espera. Personas que decidieron salirse del molde. Y lo más hermoso es que cada una lo hace a su modo.


¿Sabés lo que eso me muestra? Que el mundo está lleno de posibilidades.


Pero creemos que hay pocas… porque solo vemos las que conocemos.

La educación tradicional tampoco ayuda. No está diseñada para potenciar lo único de cada ser. Está pensada para aplanar. Para uniformar. Pizarrón, banco, fila. Todos aprendiendo lo mismo, de la misma manera, en el mismo tiempo.


Imaginate a E. en una clase de matemáticas. Dibujando en su cuaderno. Es probable que lo regañen, que le digan que preste atención. Que eso “no se hace”.

¿Y sabés qué puede pasar dentro suyo en ese instante? Su cuerpo entero le está pidiendo crear. Expresarse. Ser. Pero el entorno le dice que no.


Y ahí, en ese preciso momento, empieza la batalla entre lo interno y lo externo.

¿Te das cuenta desde qué temprana edad? ¡Wow!


¿Y si en lugar de frenarlo, lo acompañáramos? ¿Si en lugar de frenarlo creamos espacios para potenciarlo?


Y si le dijéramos:

— Dibujá, E. Te vemos. Queremos que lo hagas.

— Acá hay un espacio para vos.


¿Te imaginás lo que podría florecer?


¿Te imaginás cómo podría expandirse ese talento?


Quizás este texto te hizo pensar en vos. En tu niñez. En algo que hacías con alegría… y dejaste. En algo que todavía te llama.


Y si fuera momento de volver a escucharlo…


El talento no se pierde. Solo se duerme, esperando que alguien —bah, en realidad vos misma/o— vuelva a decirle que es seguro volver a brillar.


Con amor,

Mica.


¡Gracias por leer!

Si algo de lo que leíste te hizo sentido, te invito a suscribirte gratis para recibir las próximas publicaciones.



Este espacio existe gracias al tiempo, la energía y el compartir honesto.

Si en algún momento algo de lo que escribimos te acompañó, podés apoyar la Bitácora con un cafecito ☕ 



Comentarios


Familia viajera viajando por el mundo en motorhome

Sumate a la comunidad de Espíritu Indomable y acompañanos en esta aventura.

  • Instagram
  • Youtube
  • TikTok
  • Spotify
  • Pinterest

Si te gusta el contenido y te ayudamos en algún momento de alguna manera, podés agradecernos con un cafecito

© 2025 Creado por Espíritu Indomable. 

bottom of page