Evolución no siempre significa progreso
- Micaela Gutiérrez Coll

- hace 10 horas
- 3 Min. de lectura
Cuestionar también es una forma de sanar.
Estaba releyendo uno de esos libros que llegan a mi vida en momentos donde me lo estoy cuestionando todo. Y me encontré con una frase que me detuvo en seco:
“Evolución no siempre significa progreso”.
Sentí el impulso inmediato de sentarme a escribir, porque esa frase resonó con todo lo que vengo sintiendo en esta transformación personal. A veces tengo la sensación de que me estoy rebelando contra todo un sistema con el que crecí.
Un sistema que, de alguna forma, había aprendido a aceptar como “normal”.
Apenas leí esa frase, vinieron imágenes a mi cabeza como una película rápida:
- Un pastillero lleno de medicamentos que toman mis abuelos.
- Las góndolas infinitas del supermercado.
- La lista interminable de vacunas que son cada vez más (no estoy en contra de todas ellas).
- El día en que tuvimos que decidir si nos vacunábamos contra el COVID
Después vinieron otras imágenes más sutiles, pero igual de fuertes:
Las publicidades que nos enseñan a modificar nuestros cuerpos o a no estar nunca satisfechas con ellos.
Las mujeres que murieron tras una cirugía estética confiando en un “médico”.
Yo, a los 15, deseando operarme las tetas desde la inseguridad… y después, mis hijos tomando teta hasta los 3 años.
Me acordé de los dolores de cabeza que tuve durante años, tan intensos que me hacían llorar. “Es migraña, tomá esta pastilla”, me decían. La tomaba, y seguía. Hoy, esos dolores ya no están. Y evito los medicamentos. No por terquedad. Por conciencia.
Me acordé cuando fui a la ginecóloga por dolores menstruales. Me recetaron pastillas anticonceptivas. Nunca quise tomarlas. No sabía bien por qué, pero algo no resonaba conmigo.
Y también me acuerdo cuando me decían “te duelen los ovarios”, pero nadie me explicó que los ovarios no duelen. Que lo que estaba sintiendo era mi útero hablándome.
Recordé a mi mamá en plena menopausia, sintiéndose pésimo. Y un médico diciéndole que la solución era… anticonceptivos. Y se sintió peor.
Me acordé del famoso protector solar que usamos para “cuidarnos del sol”, sin saber que contiene un ingrediente considerado disruptor endócrino (no todos).
Y no, no estoy en contra de la tecnología, al contrario, la disfruto y la aprovecho muchísimo. Pero esta reflexión no viene de demonizar los avances tecnológicos, ni médicos, ni del mundo en general, que agradezco que muchos de ellos existan.
Esta reflexión no es una crítica ciega al “progreso”, sino una invitación a cuestionar. A observar qué decisiones tomamos y desde que lugar. Y a entender que nuestro cuerpo es una máquina perfecta. Que si algo falla, no es un error que haya que tapar, sino una señal que necesita ser escuchada.
Sí, el mundo está cambiando. Mucho. Y muy rápido. Pero evolución no es sinónimo de salud. Algunas cosas que hoy “avanzan” lo hacen dejando un tendal de desequilibrio y desconexión.
Trabajamos sentados durante horas. Respiramos por la boca. Vivimos inflamados. Comemos cosas que no nos nutren y nos roban energía. Normalizamos el estrés. Las tensiones. La irritabilidad. Reaccionamos de forma desmedida porque acumulamos lo que no supimos o no nos animamos a sentir.
Todo eso se vuelve cuerpo. Se vuelve enfermedad. Se vuelve frustración.
En 2022, los dolores físicos que arrastraba desde siempre —cuello, espalda, contracturas— se volvieron insoportables. Fue mi punto de quiebre. Ahí empecé a hacer yoga. A meditar. A respirar. Y los dolores empezaron a desaparecer.
Pero había uno, puntual, que seguía ahí. Fui a ver a un kinesiólogo osteópata. Trabajó con mi cuerpo con respeto y escucha. Al terminar, me dijo: “Tenés que trabajar la parte emocional.”
Esa frase lo dijo todo.
Porque sí, el ruido exterior nos desconecta. Pero adentro… siempre lo sabemos, solo que nos da miedo escuchar.
Una de las señales más claras de que no estamos conectados con lo que sentimos es cuando decimos “sí” queriendo decir “no”, o “no” queriendo decir “sí”.
Escucharnos duele. Sentir incomoda. Pero es el acto más amoroso que podemos tener con nosotros mismos. Sentir es seguro.
No siempre vamos a estar bien. Y está bien. No tenemos que ser “perfectos”. Pero sí podemos ser conscientes.
No es una batalla contra el mundo. Es una re-conexión con lo esencial.
Dejá de buscar afuera las respuestas que están esperando ser escuchadas adentro.
¿Qué cosas de tu rutina tenés tan normalizadas que quizás no te están haciendo bien?
¿Estás eligiendo en función de lo que necesitás… o de lo que aprendiste que deberías necesitar?
¿Qué de todo esto que leíste resonó con tu historia?
Con amor,
Mica.
¡Gracias por leer!
Si algo de lo que leíste te hizo sentido, te invito a suscribirte gratis para recibir las próximas publicaciones.
Este espacio existe gracias al tiempo, la energía y el compartir honesto.
Si en algún momento algo de lo que escribimos te acompañó, podés apoyar la Bitácora con un cafecito ☕









Comentarios