La cordillera de los Andes y mi intuición
- Micaela Gutiérrez Coll

- hace 2 días
- 4 Min. de lectura
Sobre intuición, el miedo ajeno y la libertad de elegir en coherencia.
¿Desde dónde decidís?
¿Desde dónde tomamos nuestras decisiones diarias, desde las más pequeñas hasta las más grandes?
¿Desde el miedo de los demás o desde lo que nuestra intuición nos dice?
¿Desde un deseo interior o desde las presiones externas?
¿Qué pasa si tomo una decisión distinta a la que me recomiendan?
¿Por qué buscamos validación externa, en lugar de escuchar lo que sentimos que debemos hacer?
Nos enfocamos tanto en el miedo a fallar que nos olvidamos de confiar.
Y si estamos sintiendo algo distinto a lo que los demás nos dicen, ¿no será por algo?
Claro, no tener una respuesta segura nos deja mal paradas, en duda, inseguras.
Más de una vez me pregunté:
¿Por qué estoy sintiendo que debo hacer esto si todos los demás me dicen lo contrario?
¿Soy yo? ¿Son ellos? ¿Qué me pasa? ¿Será que voy en contramano del mundo?
O tal vez sea que el mundo no nos permite ir por el camino que sentimos más coherente…
Aunque no salga como esperábamos, o aunque salga como el culo.
Porque si así lo sentimos, es por alguna razón.
Y quizás, con el tiempo, entendamos cuál es. Porque como dice Steve Jobs: “los puntos se unen hacia atrás”.
Nada es pérdida si aprendemos a transformar los obstáculos en aprendizajes.
Pero… ¿qué pasa si decidís hacer lo que te dicen los demás, aunque no lo sientas auténtico, y sale mal?
Ahí viene el enojo.
La pregunta inevitable: ¿por qué no me hice caso?
Y entonces, me recuerdo:
Elegir desde el sentir, para actuar en coherencia conmigo misma, es la elección más auténtica y fiel que me puedo permitir.
Y sí, puede fallar. Pero… ¿de qué me serviría que todo saliera perfecto?
Nada vendría a enseñarme.
Aprendí que muchos de los aprendizajes más profundos llegaron cuando las cosas no salieron como esperaba.
Pero sí, habiendo tomado decisiones que sentía alineadas. En coherencia.
Todas estas preguntas me las hice un día en que tenía que tomar una decisión aparentemente simple:
¿Por qué frontera íbamos a volver a nuestro país?
Estábamos en Chile, acercándose el invierno. Volver a Argentina implicaba cruzar la Cordillera de los Andes y, con eso, el riesgo de nieve.
Teníamos un plan. Pero empezó a llegarnos información de todos lados. Algunos decían que ese paso era peligroso, otros que era mejor cruzar por otra ruta.
Algunas sugerencias eran más sensatas… otras más temerosas.
En un momento, nos mareamos. Y me empecé a preguntar: ¿Por qué estoy dudando? Lo miré a Martín y le dije:
—Esta decisión, ¿la estamos tomando por convicción propia o por el miedo que los demás nos están generando?
Él me miró y me respondió:
—Me estoy preguntando exactamente lo mismo. Hagamos lo que sentimos.
Y así fue.
Decidimos seguir con nuestro plan original. No por capricho, sino porque habíamos buscado información precisa. Sabíamos lo que hacíamos.
Lo hicimos. Cruzamos.
Y una vez más nos demostramos la importancia de confiar en la intuición.
De tomar decisiones alineadas con lo que sentimos, aunque no siempre tengamos palabras para explicarlo.
Porque no necesitamos validación externa.
Necesitamos confianza interna.
Quienes nos aconsejan lo hacen desde su perspectiva, desde sus miedos, desde sus experiencias.
Y eso significa que lo que nos dicen es, inevitablemente, subjetivo.
Hace poco, mi hijo mayor tuvo una clase en el colegio, en una materia que se llama SEL (social and emotional learning).
Ese día le enseñaron la diferencia entre un HECHO y una OPINIÓN.
Me pareció excepcional que desde tan pequeños lo trabajen con tanta claridad.
Un hecho es algo objetivo, comprobable, real. Por ejemplo: “El agua hierve a 100 grados Celsius a nivel del mar.” Esto se puede verificar con un experimento.
Una opinión, en cambio, es subjetiva. Está basada en gustos, creencias o experiencias personales. Por ejemplo: “El agua con gas es más rica que la sin gas.” Eso depende del gusto de cada uno.
¿Se entiende lo reveladora que puede ser esta distinción?
Aquel día, estábamos llenos de opiniones.
Pero nosotros decidimos ir a los hechos: investigar, preguntar, verificar…
Y desde ahí, elegir.
Cruzamos sin problemas y volvimos a Argentina. Esa experiencia, como tantas otras, me reafirmó que confiar en uno mismo no es garantía de que todo salga bien. Pero sí es garantía de paz interior.
Porque cuando decidís desde el sentir, incluso si fallás, no te traicionás.
Elegir desde la intuición no es desoír a los demás, es escucharte a vos primero.
Es tomar decisiones con conciencia, aun cuando no haya certezas.
Porque si algo tiene sentido para vos, entonces es válido. Aunque los demás no lo entiendan. Porque quizás esa decisión te esta viniendo a enseñar algo que necesitás aprender.
La próxima vez que dudes, pregúntate:
¿Esto lo estoy eligiendo desde el miedo o desde mi verdad?
Ahí vas a tener la respuesta.
Con amor,
Mica.
¡Gracias por leer!
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