Cuando nada sale como esperabas
- Micaela Gutiérrez Coll

- hace 1 día
- 10 Min. de lectura
Soltar el control se convierte en la forma más honesta de avanzar.
¿Desde dónde tomamos nuestras decisiones diarias? —desde las más pequeñas hasta las más grandes—
¿Desde el miedo de los demás o desde lo que la intuición nos dice?
¿Desde el deseo interior o desde las presiones externas?
Muchas veces me pregunté: ¿qué pasa si tomo mi propia decisión, diferente a la que “debería”? Nos enfocamos tanto en la validez externa que dejamos de escuchar lo que sentimos.
Nos paraliza el miedo a fallar, en lugar de confiar.
Y si estamos sintiendo algo distinto a lo que los demás nos dicen, por algo será. Claro, no tener la respuesta nos deja inseguras, en duda. Más de una vez me pregunté:
¿Por qué siento que debo hacer esto si todos me dicen lo contrario?
¿Soy yo? ¿Son ellos? ¿Estoy yendo en contramano del mundo?
O quizás… ¿el mundo no está preparado para vernos andar por el camino que sentimos más coherente, aunque no salga como esperábamos?
Porque si así lo sentimos, es por alguna razón que tal vez comprendamos con el tiempo.
Al final, los puntos siempre se unen hacia atrás, y nada es pérdida si aprendemos a transformar los obstáculos en aprendizajes.
Y entonces me pregunto: ¿qué pasa si hago caso a lo que dicen los demás, si no lo siento auténtico, y sale mal?
Me enojo, me reprocho no haber escuchado lo que mi intuición me decía.
Llegado a este punto me recuerdo que elegir desde mi sentir es la decisión más auténtica y fiel que puedo tomar conmigo misma.
Sí, puede fallar. Pero ¿de qué me serviría que todo salga perfecto? Nada me enseñaría.
Mis mayores aprendizajes llegaron cuando los planes no salieron como esperaba, pero sí habiendo elegido desde la coherencia.
Decisiones compartidas
Y claro, no siempre las decisiones son solo mías.
Cuando se trata de elegir en pareja, en familia, la ecuación cambia.
Para mí una familia es un equipo, y no hay otra forma de transitar este camino que traccionando juntos.
No siempre estamos de acuerdo, y ahí aparece el verdadero trabajo: llegar a acuerdos que nos hagan bien a todos.
La vulnerabilidad de compartir
Hace mucho que me gusta escribir, pero cuando decidí abrir este espacio lo hice con muchas dudas.
Iba a exponerme de manera muy vulnerable, y eso me daba miedo.
Con el tiempo entendí que compartir mis procesos me hacía conectar con otras personas que estaban viviendo cosas similares.
Y eso, más allá de todo, crea comunidad. Nos humaniza.
Todavía hay cosas que no comparto del todo. Pero hay otras, como hoy, que siento la necesidad de contar.
Primero, porque escribir es mi manera de descargar, de bajar lo que me pasa.
Y segundo, porque sé que del otro lado, más de una persona va a sentirse identificada.
Y empiezo así: nada de lo que esperaba está sucediendo como esperaba.
Un juego de palabras que me recuerda que las expectativas que crea nuestra mente poco tienen que ver con la realidad.
Mientras escribo, me río.
P
orque para escribir necesito historias que contar, y la vida me las está dando… aunque no siempre me doy cuenta hasta que me siento a escribir.
Cuando la mente no descansa
No duermo hace varios días. No me pasaba esto hacía años.
Siento molestias en la zona del sacro, que sé que no son físicas: es la seguridad y estabilidad emocional hablando a través del cuerpo.
El clic más grande en mi vida, de hecho, vino por un dolor en la espalda.
Durante meses lo sentí, hasta que descubrí que no era físico, sino energético.
Cuando comencé mi proceso interno, el dolor desapareció.
Y ahora, cada vez que vuelve, sé perfectamente lo que viene a decirme.
Te cuento por qué no estoy durmiendo bien. Por si sos nuevo por acá: vivo viajando hace un año con mi marido y mis dos hijos.
Cuando iniciamos este proyecto, lo hicimos con una visión clara: recorrer el mundo, empezando por América.
Teníamos un plan: salir con ahorros, trabajar con contenido y crear nuestro negocio digital.
Sabíamos que habría una transición, y entonces también preparamos productos para llevar en el camino y vender, para sostenernos hasta que todo tomara forma.
Nunca quisimos vivir solo del contenido; queríamos construir un ecosistema de herramientas que nos sostuviera. Y así lo estamos haciendo.
Hace unos meses empezamos la segunda etapa del plan: el desarrollo de nuestro negocio digital.
Una marca de remeras con diseños propios, inspiradas en nuestro proyecto y pensadas para conectar con nuestra comunidad.
Quizás no todos lo sepan, pero crear un negocio digital no es cosa de un ratito.
Hacerlo rentable y sostenible requiere tanto trabajo como un negocio físico, solo que en otros ámbitos.
El trabajo es profundo, muy profundo.
Estamos en ese camino, acompañados por un equipo de mentores increíbles.
Pero la acción depende de nosotros, nada sucede mágicamente.
Hace meses que trabajo sacrificando horas de sueño para acercarnos a nuestra visión. Sin embargo, hace poco el equipo nos planteó que necesitábamos una reestructuración total: desde el producto hasta la marca y la comunicación.
Tuvo mucho sentido para nosotros. Pero nos abrumó lo que eso significaba.
Y nosotros que pensábamos que a esta altura ya estaríamos vendiendo... ¡Hola Expectativas!
Vendimos una sola remera.
Una.
Y te lo cuento así, porque quiero que veas la realidad detrás de los sueños.
Porque el día que vendamos mil, o encontremos el camino que realmente estamos buscando, muchos dirán “¡qué suerte tienen!”.
Pero suerte no hay. Solo camino, trabajo, aprendizaje y mucho sostén interno. Y sobre todo mirar hacia adentro para accionar con foco y coherencia. Y a veces esta parte que es la más importante es la más confusa y la que más tiempo lleva.
Esta reestructuración implica inversión, y nuestros recursos económicos hoy no son limitados, son limitadísimos.
Y con eso aparecen todos los miedos:
¿Y si no tenemos el dinero para invertir?
¿Y si invertimos y no funciona?
¿Y si nos quedamos sin dinero?
¿Y si no alcanzamos el objetivo?
¿Y si nadie conecta con lo que queremos mostrar?
El miedo… siempre el miedo.
Lecciones que llegan de los hijos
Ayer fue Halloween, estamos en San Pedro de Atacama.
Niños y adultos disfrazados piden dulces por las calles, los comercios se llenan de risas. Todo está preparado para recibirlos.
África, mi hija, se puso su disfraz y durante 4 horas pidió caramelos sin parar. Entraba una y otra vez a los locales, segura, feliz, convencida.
Decía “Dulce o Truco” y cuando le daban contestaba “Gracias”.
Oliver, en cambio, eligió su disfraz con entusiasmo, pero cuando llegó el momento, no se lo quiso poner. No se animó a pedir ni un solo caramelo.
En un momento la miró y me dijo algo así como: “la envidio”.
Son completamente diferentes, opuestos te diría.
A Oliver el miedo y la vergüenza muchas veces lo paralizan. Pero otras veces se anima a cada cosa y ahí siempre le recordamos: “ves que podés”.
Y ahí entiendo que somos nosotros quienes debemos ser ejemplo: mostrar que a pesar del miedo, se puede seguir, nos podemos animar igual.
Porque lo que nos tiene que mover es el deseo, no el miedo.
Eso sí, si ese miedo te persigue y siempre esta presente, tarde o temprano va a llegar. Pero entonces llegará para demostrarte que estás lista para enfrentarlo y que no era tan grande como imaginábas.
Podés quedarte encerrada en ese miedo o tomar decisiones que te acerquen a donde realmente querés. Y esta es plenamente tu elección.
El cuerpo, el cansancio y la exigencia
Todo esto me llevó a un loop mental que no me dejaba dormir.
A las tres de la mañana, saqué mi botiquín de herramientas y me puse a meditar a las 3am por más de 40 minutos.
Por momentos el ruido mental bajaba, por momentos volvía.
Pero me permitía sentir el cuerpo, estaba muy tensionada. Entonces lo fui relajando.
Y sí, me frustra cuando las cosas no salen. Me frustra mucho.
Lo tengo trabajado, antes era peor, pero todavía me cuesta.
Y la verdad ¡Me hinché las pelotas de sentirme así cada vez que algo no me sale como esperaba! Porque esa frustración solo viene por mis altas expectativas para todo. Hoy lo tengo más trabajado que ayer, porque cambio mi mentalidad.
Antes creía que eso que me estaba pasando tenía que ver con mi capacidad, el no ser suficiente para….
Hoy ya no lo veo desde ese lugar, tengo muy en claro que todo lo que no sale como yo espero es porque me viene a enseñar, a veces aprendo la lección más rápido, otras veces me cuesta un poco más. Y mirar la situación desde esta postura, me permite enseguida ponerme en acción para ir en busca de soluciones.
En el colegio siempre fui la responsable, la aplicada, la del buen promedio. A la que le pedían los apuntes y a la que le pedían ayuda para estudiar. Siempre bien mental como verás.
Y detrás de eso, una exigencia constante. Tenía un abuelo que cuando llegaba con 8 o 9 siempre podía un poco más. No era suficiente.
En la universidad promedio +8, mis resumenes vagaban por toda la universidad.
Una sola vez desaprobé un final y lo que fue enfrentarme a mi misma en esa situación fue tremendo. ¿Un final entendés? Era simplemente un final, no el fin del mundo. Pero me pesaba tanto.
También la del cuerpo: Era la rubia, de ojos claros, y hasta en un momento de mi adolescencia la del culo “perfecto”. Claro, después cuando el tiempo y la vida pasó no podía aceptar mis celulitis. Tuve dos hijos por parto natural mi cuerpo se las banco todas. Pero como iba a tener celulitis. Hice no sé cuántos años gimnasio solo por sostener “ese cuerpo”, pero odiaba ir.
Siempre me decían “qué suerte que sos flaca” y me tenía que mandar hacer los jeans porque todo me quedaba grande. Para mí no era un orgullo. Pero era mi cuerpo, simplemente mi cuerpo, sin embargo de afuera veían algo que yo no.
Hoy después de muuuuuuucho muuuuucho trabajo lo acepto cada vez más.
Y ya no me mido con ninguna de esas varas para nada sanas. Aunque a veces alguna pueda volver a molestar pero me recuerdo con amor que por ahí no es.
Tardé años en entender que eso también era una forma de castigo.
Perdí un embarazo y ese momento fue para mí un momento muy duro de salud mental. Fueron 4 meses de incertidumbre, de sentir que no podía controlar nada de lo que estaba pasando. Y eso fue un gran aprendizaje para mí. Doloroso pero poderoso.
La salud mental a mi me toca en fibras muy profundas, por algo familiar, y en ese momento yo sentía que no iba a poder sola. Después de esa pérdida tuve mis primeros ataques de pánico. Y enseguida supe que necesitaba pedir ayuda y empecé terapia.
En ese momento de mi vida yo sentía que estaba metida en un pozo negro profundo. Así lo recuerdo cada vez que miro atrás. Y lo que sucedió fue que Martín también se sentía igual. Los dos tuvimos que salir a pedir ayuda para poder salir cada uno por su cuenta con su propio trabajo personal.
En ese momento la terapia me salvó.
Sin embargo, el trauma que había quedado en mi cuerpo no lo saco. Eso pude hacerlo varios años despues, casi 6 creo, en mis primeras sesiones de breathwork.
La verdad yo creía que había sanado, porque durante mucho tiempo no podía hablar del tema sin llorar. Luego el tiempo fue pasando y yo ya podía hablarlo sin llorar y con naturalidad.
Entonces creía que había sanado. Pero la primer sesión de breathwork que hice en mi vida y sin tener la intención de traer eso de nuevo, llegó solo. Y en 40 minutos de sesión reviví todo ese proceso como si lo estuviera viviendo en carne y hueso otra vez. No entendía porque otra vez volvía a eso si ya lo había "sanado", pero en realidad todo ese trauma y las emociones estaban atascadas en mi cuerpo.
Ahí sane con mucho amor.
Mirar atrás para seguir adelante
Cuando miro hacia atrás y veo todo lo que pasé, me abrazo.
Y me recuerdo: una vez más, vas a poder.
Este desafío también tiene un sentido, aunque aún no lo vea.
Cada paso de este último año nos ha elevado más de lo que imaginábamos a nivel personal.
Ha sido desafiante, sí, pero profundamente transformador.
Hace unos días, en una sesión de coaching, hice un ejercicio: mirar a mi “Micaela del pasado”.
Y ella me dijo que estaba orgullosa.
Que confiara más en mí. Que mire hasta dónde llegué.
Me cansé de lo perfecto e irreal.
De lo esperable.
Del auto nuevo, la casa, el negocio montado.
¿Y qué pasaba cuando apoyaba la cabeza en la almohada?
Sentía que algo faltaba.
Vendimos todo.
Cambiamos un auto 0 km por un camión de 1989.
Cerramos una marca después de diez años.
Y sí, tuvimos que bancarnos muchas miradas.
Pero ¿qué es más importante? ¿Lo que los demás ven o lo que uno vive por dentro?
Porque el de afuera solo ve cuando el iceberg se derrumba, pero no las bases que se fueron agrietando.
Y tampoco ve la reconstrucción, el proceso entre las cenizas y el nuevo inicio.
Ahí está lo realmente importante.
Entonces, ¿qué más da lo que piensen los demás?
Si no sale como esperaba, siempre tengo algo por aprender, y eso me hace evolucionar.
Aprender a enfocarse y confiar
Estos últimos meses me enseñaron más que nunca a enfocarme en una cosa por vez.
A no mirar todo tan grande.
Tenemos objetivos ambiciosos, sí, pero los divido en pequeños pasos.
Un día a la vez.
Aunque hoy las cosas no estén saliendo como esperaba, reconozco que este sistema me está llevando lejos.
Porque el aprendizaje está en el proceso.
Hace un año tenía mil ideas. Hoy aprendí a elegir, a priorizar, a darle a cada proyecto su momento.
Tenemos una visión clara, y eso es lo que nos sostiene.
Te soy sincera: hoy no sé exactamente cómo vamos a salir de esta.
Pero sé que vamos a salir.
Y en unos meses te voy a contar cómo lo hicimos.
Reflexión final
Quiero que te quedes con esto: la vida a veces da muchas vueltas, muchas que no esperamos.
Algunas duelen, otras cansan.
Y está bien decir “estoy cansada, jefe”. - siempre se lo digo a Martin en forma de chiste, cuando me agoto mental y fisicamente -
Pero también aprendí a descansar, no a rendirme.
Hay momentos que exigen más de nosotros, sobre todo los inicios y los cambios.
Y lo único que realmente mueve la aguja es tener una visión clara.
Si sabés a dónde querés ir, siempre vas a encontrar el camino.
Mantenete enfocada, en acción, y no dejes que la frustración te gane.
Dale su espacio, pero que no se quede.
Que toda tu energía esté disponible para lo esencial.
Dejá de cumplir expectativas ajenas.
Empezá a construir la vida que deseás vivir.
¿Será fácil? No.
Pero te aseguro que se siente mucho más liviano.
Es como ir sacando piedritas de la mochila: paso a paso, se vuelve más liviana, más cómoda, más tuya, te permite dar pasos mas firmes.
Hasta que un día, ya no pesa, se siente parte. Y entendés que todo —absolutamente todo— fue parte del camino y de tu propia evolución.
Con amor,
Mica
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