La vida siempre sabe a dónde llevarte
- Micaela Gutiérrez Coll

- hace 2 días
- 5 Min. de lectura
De la frustración a la magia del viaje.
Era 4 de septiembre del 2025.
El día anterior habíamos visitado Ischigualasto, el famoso Valle de la Luna, en San Juan.
Al finalizar el recorrido, a tan solo 2 km de la salida, comenzamos a escuchar un ruido rarísimo. Frenamos. La correa de la dirección hidráulica se había dado vuelta.
Después de un rato de renegar, Martín logró acomodarla. Y así salimos del parque. Pero apenas cruzamos la salida, otra vez la correa nos obligó a frenar. Ya era casi de noche. Decidimos quedarnos ahí mismo, sobre la banquina, a pocos metros de la entrada al parque provincial.
Dormiríamos allí y al día siguiente tomaríamos la decisión de cómo continuar.
Una noche llena de pensamientos
Esa noche fueron miles los pensamientos que vinieron a mí.
Después de un mes lleno de arreglos y accidentes, como el que nos dejó sin un panel solar, ¿otra vez algo más que reparar?
Frente a estas situaciones siempre aparece la vaga idea de ahorrar para comprar algo más moderno. A veces la idea es débil, a veces se siente con más fuerza.
Yo estaba un tanto frustrada, un tanto enojada, un tanto cansada.
Comimos, dormimos, y al día siguiente madrugué.
A las 6:30 am ya estaba trabajando. Al rato, amaneció Martín y se puso a intentar solucionarlo. Después de un buen rato, no pudo. No tenía las herramientas para hacerlo: las poleas estaban desalineadas. Y a decir verdad, y viendo en frío, este es un problema que arrastramos desde el principio.
¿Qué hacemos ahora?
Nos preguntamos y barajamos opciones:
¿Volvíamos a San Juan?
¿Íbamos hacia Valle Fértil a cargar combustible?
¿Nos dirigíamos a la ciudad de La Rioja, aunque no estaba en nuestros planes?
¿O seguíamos el plan original?
Meditamos cada opción.
Hasta que Martín me dijo: —Seguimos. Podemos andar sin problema, solo no tenemos dirección.
Así que continuamos viaje como teníamos planeado: hacia Villa Unión, en La Rioja, atravesando el Parque Nacional Talampaya, para luego recorrer la famosa Cuesta de Miranda, una parte alucinante de la Ruta 40.
Villa Unión y una corazonada
Llegamos a Villa Unión. Paramos solo unos minutos para bañarnos (a la mañana no habíamos podido; creíamos que no teníamos agua, pero el camión estaba tan inclinado que no salía).
Cargamos combustible y seguimos. Llevábamos recorridos unos 60 km, alucinando con los colores rojos y verdes de la ruta, cuando vemos un cartel:
“Visite Aicuña”.
Nunca había escuchado ese nombre. Lo vi y sentí algo. Como que había que ir.
Pero no dije nada. Ya eran cerca de las 16 hs, teníamos que continuar.
Al instante, sin decir nada, Martín frenó en la banquina. Lo miré: le había pasado lo mismo. Sintió que teníamos que entrar.
Martín es mucho más intuitivo que yo. En esos momentos sabe con certeza qué sí y qué no. Yo, en cambio, necesito darle tiempo a las respuestas.
El camino hacia lo desconocido
Dio la vuelta y tomamos el camino de tierra roja. El cartel marcaba 8 km.
Íbamos fascinados con el paisaje y sus colores, pero en un momento Martín frenó:
—¿Encontraremos algo? ¿Pegamos la vuelta para que no se haga de noche?
—No —le dije—. Seguimos. Por algo lo sentimos así.
Parecían unos 8 km eternos, y por momentos asegurábamos que no habría nada al final. De pronto, apareció una camioneta cargada de leña. Como un aviso: sí, algo hay.
Finalmente llegamos. Una arcada nos daba la bienvenida: “Bienvenidos a Aicuña”.
En las construcciones comenzaban a verse características muy del norte argentino. Yo comencé a sentir que el lugar tenía una energía especial.
Saludamos a cada persona que nos cruzamos. Hasta que llegamos a una bifurcación:
➡ Hacia la derecha, una capilla.
➡ Hacia la izquierda, “Lo de Nelly, 1 km”.
Doblamos hacia la capilla. Avanzamos unos metros y vimos una subida empinada.
¿Subimos?
Unos locales notaron nuestra duda y se acercaron. Muy amablemente nos dijeron:
—¡Sí! Suban despacito. Pero después vayan a lo de Nelly, ella les va a contar sobre el pueblo.
Lo de Nelly
Subimos. La capilla estaba cerrada, pero allí había algunas casitas.
Dos niños jugaban a la pelota. Cuando nos vieron, sus sonrisas se agrandaron.
Saludaban con entusiasmo.
La amabilidad del pueblo, las sonrisas… yo estaba emocionada.
Descendimos y fuimos a lo de Nelly.
No sabíamos qué íbamos a encontrar. Llegamos. Era un pequeño local, sin ventanas ni puertas, abierto para pasar.
Apareció Nelly, con una energía especial. Sus ojos achinados, su sonrisa amplia.
Transmitía alegría. Nos agradecía por entrar. Nosotros le agradecíamos a ella.
Nos contó del pueblo y sus habitantes.
Ella, con sus 65 años, nació y vivió toda su vida en Aicuña. Orgullosa, nos contaba que había lugares para dormir y actividades como trekking.
Tiene 7 hijos, no recuerdo cuantos nietos y hasta un bisnieto. Se casó con un hombre del pueblo y allí siguen viviendo. En su local vende vinos orgánicos, chocolate, nueces, alfajores, artesanías y empanadas (que no llegamos a probar).
Por supuesto, nos llevamos de todo.
Nelly hace unas bolitas de nuez, dulce de leche y chocolate como las que hace mi abuela. Cuando las vi, no lo podía creer. Obvio, me llevé para probar.
Conversamos, reímos. Dejamos nuestro mensaje en su cuaderno y firmamos el control de visitantes. Nos mostró fotos de Marley y de Iván de Pineda, con mucho orgullo, que también la visitaron. Y nos contó sobre algunos famosos más.
Nos sacamos fotos, nos abrazamos. Le repetí varias veces que tenía una energía especial.
Cuando vio a África descalza, dijo:
—Así junta la energía de la tierra.
¡Qué sabia Nelly!
En la ciudad nos dicen: ¿No tiene frío? ¡Se va a enfermar! ¡Uy, descalza!
Cuánta desconexión con la tierra tenemos en las ciudades.
La enseñanza
Esa corazonada que tuvimos no nos falló. Qué suerte que la seguimos.
Porque cuando creo que la vida ya no me puede sorprender, me retruca.
Una sola certeza absoluta: nunca quiero dejar de viajar, porque nunca quiero dejar de sorprenderme.
Cuando entro en el loop de pensar y pensar, ¡zas!, la vida me pone esto enfrente para recordarme: Esta es la razón por la que estás acá.
Para conocer historias y personas que te enseñan.
Para aprender a valorar lo más simple y poderoso.
Para no olvidarte nunca de estar conectada con la tierra.
Y para entender que lo demás son desafíos a superar.
Estoy lista para lo que venga, pero con algo fundamental: nunca dejar de observar cada detalle que la vida me presenta.
Esta vez la enseñanza fue a través de Nelly.
En otros momentos, fueron otras personas.
Pero siempre debo estar abierta para recibir lo que este viaje me enseña y me regala. Siempre sentí la necesidad de conocer el norte argentino. En este viaje, más que nunca.
No sé por qué, pero hay algo que me llama. Algo que necesito ver, conocer.
No lo puedo explicar. Conocer a Nelly lo reafirmó:
Sé que en el Norte Argentino hay algo que me va a transformar.
E intuyo que es su conexión con la tierra.
Con amor,
Mica
¡Gracias por leer!
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