top of page

Cuando el cuerpo no da más, pero el alma no se rinde

Historias reales que me recordaron que vivir es urgente, y que la vida se mide en momentos, no en años.

Qué difícil es a veces poner en palabras todo lo que una atraviesa. Hay procesos tan profundos que necesitan su tiempo para decantar y acomodarse adentro de uno. Mi herramienta es escribir, tal vez, porque escribir me ayuda a entender. Tal vez, porque contar la historia es también una forma de honrarla.


Seguir mi corazón -o mi sacro en realidad- está siendo uno de los desafíos más hermosos de mi vida.


Era jueves por la mañana y alguien de mi familia estaba entrando a un hospital. No lo dudé. Lo sentí y me moví. Me fui a la casa de mi abuela. Y si algo aprendí en este tiempo es que cuando algo se siente tan claro, sin vueltas, sin análisis, sin preguntas… es porque viene del corazón.


Y cuando viene del corazón, para mí, es sagrado. Ese impulso de lo tengo que hacer, me indica que es la decisión correcta.


El plan era ir con mi hija, pero justo se durmió antes de salir. Dudé. Pensé en despertarla. Pero una voz me sugirió dejarla descansar.


Y entendí: a veces el universo acomoda las cosas mejor de lo que una podría hacerlo. Es que el universo sabe mejor que nadie lo que necesitamos en cada momento, y nos envía a esas personas en el momento justo con la palabra o el gesto justo. Solo tenemos que saberlo ver.


Llegué y todo el tiempo me repetí que privilegio regalarme este compartir. Mi familia es grande y estar solas a veces es difícil, siempre hay alguien más.


Estábamos solas las dos charlando, tomando un té y mimándome con algo rico que buscó en todas las alacenas para respetar mi alimentación libre de harinas y azúcar, de ese momento.


Siempre que me quedo con ella sola, charlamos y aprendo un poquito más de ella, de su vida, de su manera de sentir. Y ahora de grande y con el nivel de consciencia con el que estoy viviendo aprovecho para admirarla y hacerle preguntas de cosas que quiero saber. Y ella responde sin problema. Y es como si fuera poniendo piezas de mi propio rompecabezas, cada vez que me cae una ficha nueva.


En un momento, mientras reíamos por una anécdota, me llegó un mensaje. Había que ir al hospital. Las visitas estaban autorizadas, pero no sabíamos por cuánto tiempo. Le propuse que se alistara.


Me dijo que mejor fuera yo, que seguro no nos dejarían entrar a todos. ¿Tenía miedo? quizás si. Pero no podía aceptar eso. Le insistí, y se fue a cambiar.


En la sala de espera del hospital, el tiempo no existe. Las horas se deshacen entre sillas duras, calor asfixiante y conversaciones cruzadas.


Entrábamos a terapia intensiva. Un pasillo no muy largo con diferentes habitaciones separadas, en cada una de ellas una persona internada con su propia historia. Con familia y amigos afuera esperando que pase cada día. Con esperanza, con ilusión, con tristeza. Llegamos a la habitación 6 ¿o quizás la 5? no lo sé.


Yo no hablaba. Solo observaba. Respiraba con dificultad. Estaba sedado, pero cuando alguien le hablaba, hacía un pequeño movimiento. Yo no podía despedirme. No mientras estuviera vivo. Me quedé en silencio. Lloré.


Volvimos a casa. Esa noche dormí con el teléfono con sonido. Por si pasaba algo.

Pero no pasó. Al día siguiente, había pasado la noche. ¿Una pequeña luz de esperanza?.


Volvimos al hospital. Y ahí entendí la fuerza que tiene el amor. Cuando las familias se reúnen —a pesar de las diferencias, de las historias, de las heridas— se convierten en una tribu.


Una que empuja. Una que sostiene. Una que ama.


Y él, contra todo pronóstico, comenzó a mejorar. A decir verdad, su manera de aferrarse a la vida y la tribu que lo acompaño creo que lo salvo. Cada día mejoraba.


Estábamos todos sorprendidos, como pasó de estar un día al borde de la muerte y al otro haber prácticamente renacido con 85 años y un cuerpo que no daba más. Y es el que el pulso de la vida va más allá del cuerpo. 


El alma, el espíritu, estaba ahí luchando por quedarse. Y el cuerpo no tuvo más remedio, que irónica esta palabra, que ponerse a funcionar para darle lugar a ese poder interno, a esas ganas de vivir.


Cuando entre a verlo que ya estaba sin máscara de oxígeno y podíamos conversar, lo primero que menciono fue que el todavía no se quería morir, tenía cosas por hacer, aun tenía pendientes que quería cumplir. Nada había más importante que sus deseos por cumplir.


Cuantas veces postergamos eso que tanto deseamos por cosas efímeras, por ese afán de sobrevivir o de correr una carrera que no nos va a llevar a ningún lugar, o quizás sí a la terapia intensiva de un hospital.


A los días, otra noticia que no esperaba. Una amiga. 40 años. Terapia Intensiva. Infarto de corazón, de los más graves, esos que solo se ven cada tanto. Transplante de corazón.


Al principio shock, no entendía. ¿Cómo podía ser? Me costó integrar la noticia. La verdad fue de esas noticias que en un segundo te desestabilizan, te hacen knock out.


Reacción fue lo primero que salió. Miedo. ¿Podría haber sido yo?. Pero a medida que pasaban las horas, decidí transformarlo en respuesta. Es decir, en vez de reaccionar hacia esa situación, y que mi energía se dirigiera hacia lo externo, decidí preguntarme porque me desestabilizó emocionalmente. ¿Cuántos cuestionamientos aparecen cuando estas noticias llegan?.


Y una vez mas vinieron a mí dos frases que intento tener siempre presentes “La vida es un instante” y “Somos una vez en la vida”.


No tenemos todo el tiempo del mundo. No podemos seguir postergando lo que queremos, lo que sentimos, lo que soñamos. No podemos seguir sobreviviendo con la fantasía de que un día vamos a empezar a vivir de verdad.


Porque algún día, es demasiado tiempo.


Cada día de nuestra vida es para vivirlo como si fuera el último, porque nadie sabe cuando será nuestro último día y no tenemos todo el tiempo del mundo.


Es un trabajo diario recordarnos que vinimos a VIVIR y no a sobrevivir. Es un trabajo diario recordarnos que no podemos dar por hecho todo, que no pasemos de alto un abrazo, un beso, un gracias, unas palabras, una atención, un detalle.


Que no pasemos por alto ver la salida del sol, mirar las estrellas, mirar la luna, escuchar el mar o el canto de los pájaros.


Que no pasemos por alto a las personas que tenemos a nuestro alrededor y a las que aparecen en nuestro camino. Que no creamos que todo eso es para siempre y que todo esta asegurado en nuestra vida. Que no nos pasemos por alto a nosotras/os mismas.


¿Porque trabajo tanto en mi desarrollo personal y en elevar la consciencia con la que vivo cada día? Porque quiero aprender a vivir cada día, como si fuera el último. Quiero llenarme de experiencias, de recuerdos, de momentos, me quiero llenar de vida.


Para que cuando el día de mi muerte llegue, porque también es parte de la vida, solo me quede agradecer por haber vivido y no solamente haberme dedicado a existir sin más.


¿Y vos?

¿Qué estás postergando con la fantasía de que hay tiempo?

¿Qué cambiarías si te animaras a vivir como si hoy fuera ese “algún día”?


Con amor,

Mica.



¡Gracias por leer!

Si algo de lo que leíste te hizo sentido, te invito a suscribirte gratis para recibir las próximas publicaciones.



Este espacio existe gracias al tiempo, la energía y el compartir honesto.

Si en algún momento algo de lo que escribimos te acompañó, podés apoyar la Bitácora con un cafecito ☕ 



Comentarios


Familia viajera viajando por el mundo en motorhome

Sumate a la comunidad de Espíritu Indomable y acompañanos en esta aventura.

  • Instagram
  • Youtube
  • TikTok
  • Spotify
  • Pinterest

Si te gusta el contenido y te ayudamos en algún momento de alguna manera, podés agradecernos con un cafecito

© 2025 Creado por Espíritu Indomable. 

bottom of page