¿Por qué a mí?
- Micaela Gutiérrez Coll

- 6 feb
- 4 Min. de lectura
Cuando la adolescencia golpea la puerta… y con ella, la confusión.
Este cuento es dedicado para Agus, Guada y su mamá Leti que fueron las que me inspiraron a escribir.
Abril siempre había pensado que la vida era como un río que corría a veces rápido, a veces lento, pero que siempre encontraba su camino.
Hasta que un día sintió que su río se había llenado de piedras. Piedras que no eran enormes, pero sí suficientes para cambiar el rumbo del agua. Cada corriente se detenía un instante, tropezaba, giraba sobre sí misma. A veces parecía no encontrar su lugar, su camino.
No le gustaba. Nada.
¿Por qué a mí?
¿Por qué ahora, justo cuando todo parecía empezar a tener sentido?
Tenía catorce años. Quería reír hasta que le doliera la panza, planear secretos con sus amigas, escuchar música que hiciera vibrar el mundo entero.
Pero ahora todo parecía encogido, y ella sentía que no podía salir de su propio cuerpo.
Algunas noches, acostada en su cama, respiraba despacio y sentía cada rincón de su pecho: la presión, el calor, la inquietud.
¿Qué hice mal? se preguntaba en silencio. Las respuestas nunca llegaban.
A veces sentía un pequeño peso de culpa, como si de alguna manera tuviera que cuidar a sus padres de lo que le pasaba.
Un día los escuchó hablando en la cocina entre susurros:
—Ojalá pudiéramos estar en su lugar… sentir lo que siente… quitarle el dolor… —dijo su mamá, con la voz suave y quebrada.
—Lo sé. Pero no podemos. Solo podemos acompañarla con mucho amor —respondió su papá.
Abril respiró hondo. Sintió cómo el aire llenaba sus pulmones y bajaba hasta su abdomen, llevándose un poco del peso que llevaba. Por un momento la culpa apareció, pero luego recordó algo que había aprendido entre sus diarios íntimos:
Mi historia la escribo yo.
Puedo recibir su amor, y aún así este camino es mío.
En medio de la confusión, Abril descubrió destellos de calma. Su cuaderno se convirtió en un espejo de su río. Cada palabra escrita, cada dibujo, cada garabato era como mover una piedrita en el agua: la corriente encontraba un nuevo camino.
Cuando las piedras parecían demasiado pesadas, salía al jardín. Tocaba la corteza áspera de los árboles, sentía la brisa rozando su piel, escuchaba el canto lejano de los pájaros. Todo era más grande que su enojo. El sol reflejándose en una hoja le recordaba que dentro de ella había algo que nadie podía romper: su luz.
Aprendió a escucharse, a respirar, a sentir su cuerpo y la vibración de cada emoción, sin juzgarla. Cada gesto, cada pausa, cada espacio que se daba a sí misma era un canal que se abría en su río.
Pintar, escribir, caminar, escuchar música: formas de sostener su corazón y encontrar su lugar seguro. Cuando la tristeza llegaba, hablaba consigo misma como si fuera su mejor amiga: Está bien sentir esto.
No tengo que entenderlo todo ahora.
Poco a poco, esas palabras se convirtieron en un refugio que nadie podía tocar.
Abril creó su “rincón seguro”: un lugar donde podía escucharse, expresarse y sentirse protegida.
Cuando sus emociones la desbordaban, elegía un lugar donde se sintiera cómoda: a veces su habitación, otras veces un lugar al aire libre. Llevaba algo que le diera calma: música, cuaderno, lápiz, pinturas, o algún peluche de esos que amaba.
Se sentaba, cerraba los ojos, respiraba profundo y comenzaba a observar su cuerpo. ¿Qué me está pasando hoy? se preguntaba. Luego escribía, dibujaba, escuchaba música o simplemente contemplaba el cielo.
Y al final, repetía su frase: Pase lo que pase, siempre puedo volver a encontrar mi río, mi espacio seguro, mi luz.
Cada pequeño ritual era un canal que se abría en su río, un lugar donde podía confiar en sí misma y recordar que no estaba sola.
Cada noche, antes de dormir, Abril cerraba los ojos y sentía el aire moverse dentro de ella. Notaba su respiración, su corazón, la vida que latía en su cuerpo. Y repetía en silencio: Pase lo que pase, puedo encontrar mi río… mi luz… mi espacio seguro… y eso me hace completa.
Crecer no es fácil. Hay preguntas sin respuesta y días en los que todo duele. Pero también hay caminos que ofrecen aprendizaje, confianza y nos permiten descubrir nuestra fuerza.
Abril se recostó en la hierba, con los ojos cerrados, sintiendo el aire fresco rozar su piel. Escuchaba los sonidos del parque: las hojas moviéndose, los pájaros lejanos, el murmullo de la ciudad.
Por un instante dejó de buscar respuestas. Solo respiró. Sintió su abdomen subir y bajar, el latido constante de su corazón, el calor de su cuerpo bajo el sol. Sintió que podía quedarse allí, tranquila, aunque todo a su alrededor fuera incierto.
Abrió los ojos y miró el cielo. Había nubes que se movían rápido, otras lentas, algunas se rompían en rayos de luz. En medio de eso sintió algo claro: aunque no todo fuera fácil, aunque hubiera días en los que todo doliera, ella podía encontrar maneras de sostenerse, de equivocarse y volver a intentar, de sentirse viva a pesar del miedo.
Sonrió. No porque todo estuviera resuelto, sino porque sabía que podía sentir su propia fuerza, su luz, y que eso era suficiente para dar un paso más, un día a la vez.
Abril respiró hondo otra vez, y por primera vez en mucho tiempo, se permitió sentir paz. Su camino era suyo. Y estaba lista para seguirlo.
Este cuento va dedicado a todos los adolescentes que sienten que nadie los entiende. Yo también fui una adolescente empedernidamente rebelde.
Este mundo te trajo para que brilles. El camino estará lleno de enseñanzas, aprendizajes, confusión, dudas y emociones encontradas. Pero confiá en vos: dentro tuyo hay un potencial mucho más grande de lo que puedas imaginar.
No permitas que nada ni nadie te defina. Ni lo que te pasa ni lo que dicen de vos pueden tocar tu esencia: esa luz interior te pertenece solo a vos.
Con amor,
Mica
¡Gracias por leer!
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