Elijo vínculos donde no tenga que cuidarme la espalda
- Micaela Gutiérrez Coll

- 17 feb
- 5 Min. de lectura
La historia que te voy a contar a continuación es ficticia, inspirada en hechos reales. Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.
Era domingo y llegamos al almuerzo que habíamos organizado días atrás con amigos. La parrilla ya estaba prendida y el olorcito empezaba a sentirse. Algunos conversaban parados, otros sentados. Todos teníamos un vaso en la mano, que delataba los gustos de cada uno.
Luego de servirme un vaso de agua, me acerqué de manera espontánea a una de esas rondas. Hacía mucho que no los veía y simplemente tenía ganas de conversar. Estaban hablando de alguien más. Al principio no sabía de quién; seguí escuchando hasta que pude unir las piezas del rompecabezas y ponerle nombre a la conversación.
Escuchaba muy atenta. Cada palabra. Observaba.
—Seguro que lo que nos dijo es mentira. Ella no tenía ganas de venir, pero bueno… se lo pierde, ¿no es cierto?
—Sí, totalmente —afirmaban algunos alrededor.
Y seguían “sacándole el cuero”, como decimos en Argentina, cuando se critica a alguien más.
A veces a las personas les incomoda tanto el silencio —o simplemente decir la verdad de lo que están pensando— que responden sin importar si lo que dicen es realmente cierto. Prefieren soltar cualquier cosa antes que enfrentarse al hecho de quedarse calladas.
Sonó el timbre. Era ella. Entró sonriendo.
—Tenía tantas ganas de venir para verlos. Pensé que no iba a poder, pero logré organizarme y vine.
Yo seguía observando. Quienes dos minutos antes la habían defenestrado y no habían creído en su historia, ahora la abrazaban.
—¡Qué bueno que pudiste venir!
Se me hizo un nudo en el estómago.
Estoy segura de que esta historia te resonó. Porque está normalizada.
Durante muchos años —prácticamente toda mi vida— normalicé que criticar al otro fuera moneda corriente. Lo veía todo el tiempo, en cualquiera de los círculos en los que me moviera. Y yo también era parte de eso.
Quizás porque cuando no queremos enfrentar conversaciones incómodas o profundas, y necesitamos ocupar los espacios, es más fácil hablar de los demás. Total, puedo decir lo que quiera, como quiera; nadie me va a venir a decir nada, porque el otro no está.
El cambio interno que fui logrando estos últimos años me llevó a ponerme cada vez más en el lugar de observadora. Empecé a escuchar más de lo que hablaba. A observar. Y también a incomodarme.
Ya no podía compartir espacios donde las personas, cuando no estaban juntas, se criticaban, y cuando se reunían actuaban como si nada hubiera pasado.
Eso hizo que me abriera de muchos círculos y que comenzara a elegir de manera mucho más consciente a dónde realmente quería ir. Quizás te imagines la respuesta: esos círculos comenzaron a ser cada vez más pequeños. Y si en algún momento elegía ir, los disfrutaba cada vez menos.
Cuando empecé a viajar como estilo de vida y a encontrarme con personas a lo largo y ancho de distintos países, provincias y ciudades, empecé a tener conversaciones profundamente humanas con personas que no conocía en absoluto. Mucho más profundas que con personas que conocía de toda la vida o con las que había crecido.
¿Y por qué sucede esto?, me pregunté.
La respuesta no era tan difícil: eran simplemente dos personas sin prejuicios, sin etiquetas, sin historia compartida. Dos desconocidos queriendo saber más el uno del otro.
Cuando vivís viajando, el tiempo que compartís con las personas es corto, y entonces se vuelve profundo. Quiero saber qué soñás, a qué le tenés miedo, cuál es tu historia, quién sos. Pero quién sos en esencia. No si sos contador, ingeniero, abogado o empleado municipal. Quiero saber quién sos cuando te despojás de esos títulos que solemos confundir con nuestra identidad.
Observo las miradas, las sonrisas, los gestos. Me dan más información que cualquier otra cosa que me puedan decir. Aprendo de cada historia, tan distinta a la mía. Admiro. Agradezco.
Aprendí a honrar cada historia. A honrar a cada persona que se anima a algo que le da miedo. Honro la valentía, la risa y también las lágrimas cuando nos comparten historias que duelen.
Criticamos porque el ego nos hace creer que somos superiores, que hubiéramos tomado mejores decisiones si hubiéramos estado en el lugar del otro.
Sin embargo, cuando aprendés a escuchar las historias con profundidad, comenzás a ser consciente de algo fundamental: si no estuviste en los zapatos del otro, todo lo que opines termina siendo una fantasía construida desde tu propia realidad.
Que no puedas entender la decisión de alguien más no lo hace menos que vos; te vuelve a vos más cerrado a la vida real.
Porque en vez de abrirte a comprender que existen muchas maneras de vivir y de decidir —atravesadas por emociones, contextos y realidades distintas—, te cerrás creyendo que tenés la última palabra.
No confío en los círculos donde siempre se habla mal de los demás. Por eso nunca me abro en espacios así. Porque cuando te das media vuelta, sabés que te van a matar.
Y empecé hacerme estas preguntas:
¿Sería mi propia amiga?
¿Cómo confiar en espacios donde juzgar es la primera reacción?
Tengo una sola misión en mi vida: ser y vivir cada vez con más coherencia. Y la crítica es incoherencia.
Hoy lo único que tengo claro es que hay muchísimas cosas que ignoro. Y que es hermoso que otras personas puedan venir a mostrarme otras maneras de vivir, otras realidades, otras oportunidades, otras historias.
Tuve la necesidad de cambiar la mirada, de a poco.
Cada vez que estoy por pensar algo como: “Mirá la decisión que tomó X, qué boluda, podría haber hecho B en vez de A”, me recuerdo que en realidad no sé nada de la verdad del otro. Que hay muchísimas cosas que ignoro.
A mí me sirve volver siempre a la misma regla cuando me encuentro en estas situaciones.
Mi respuesta suele ser:
“La verdad, no lo sé. No conozco su realidad.”
“La verdad, no tengo idea. No puedo opinar.”
Y muchas otras veces repregunto:
¿Por qué decís esto?
¿Qué te lo hace pensar?
Quiero conocer la profundidad real de esa opinión. Y spoiler: casi siempre son comentarios infundados, construidos desde una mirada personal, desde los propios lentes de la vida, sin ponerse ni por un segundo en el lugar del otro. Ahí es donde esa opinión pierde valor, y donde queda claro que habla más de Pedro que de Juan.
Ahí entendí qué clase de amiga (o persona en realidad) quiero ser. Y con qué ojos quiero que me miren. Porque no quiero convertirme en un lobo con piel de cordero.
Con el tiempo entendí que la única forma de construir un círculo interno sano es empezar por la propia coherencia interna.
Te explico la coherencia interna con un ejemplo simple.
Imaginá que nunca tirás papeles en la calle. Siempre hablás de cuidar el medio ambiente. Un día vas caminando y ves una botella y un papel en el piso.
Pensás: “Qué sucia es la gente, mirá cómo tiran mugre”.
Seguís caminando y te queda una sensación amarga. Sabías que tendrías que haberlo levantado, pero no lo hiciste. Y esa sensación te acompaña todo el día.
Eso es incoherencia interna.
Si en cambio hubieras levantado la botella y el papel y los hubieras tirado en un tacho, tu sentir y tu accionar estarían alineados. Hubieras seguido caminando en paz.
Empecé a llevar esta mirada a distintos espacios de mi vida.
Ahí fue cuando empecé a detectar dónde sentía incoherencia y a transformarla, de a poco, en coherencia emocional.
Con el tiempo entendí que construir círculos sanos no empieza por los demás, empieza por uno.
Con amor,
Mica
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